La historia del médico que nunca fue a la facultad.

Os voy a contar la historia de un médico que nunca estudió en la facultad de Medicina.

Tenía una pequeña consulta en un lugar estratégico, visible desde todas las calles que allí confluían, atestadas de viandantes que siempre constituyeron para su negocio una provechosa clientela.

Este médico, vamos a referirnos a él con este nombre que no merecía, había incorporado a su conocimiento todo el saber que consideraba necesario a través de dos vías. Una era la lectura reflexiva de cuanto había en internet y la otra se trataba de su propia opinión. De la primera se derivaba el problema de que, aunque es bien cierto que leía, leía solo lo que le interesaba. Digamos que si su objeto de estudio era el codo, jamás salía de ahí, ignorando por descontado, qué huesos, tendones o músculos lo comunicaban con la muñeca o el siempre complicado hombro. Esto le daba una visión sesgada del complejo funcionamiento del codo y por ende, de toda la anatomía humana. Por lo que respecta a la segunda fuente de sabiduría resulta obvio de qué pie cojeaba. Si él opinaba por ejemplo, que el codo era mejor tenerlo recto durante dos meses, le parecía correcta solución una tablilla que lo inmovilizase porque eso le había funcionado a un tío abuelo suyo que una vez en el campo se estrelló contra una roca al correr tras las ovejas. Si funcionó entonces, funcionará ahora, opinaba. Y tenía opiniones de todo tipo entre las que se encontraba la de que su propia opinión debía ser respetada.

Los pacientes iban allí porque ese médico, carente de credenciales, hablaba muy alto. Y la gente de entonces confundía hablar alto con tener razón. Hablaba tan seguro, tan convencido, vestía una bata de médico impoluta que a la fuerza, debían hacer de su praxis una verdad absoluta.

En la consulta escuchaba a los pacientes pero no mucho, pues ya hemos visto que su opinión era lo único que él debía atender. Así que según lo leído en internet y lo que su intuición sobrenatural le dictaba, recetaba todo tipo de soluciones que por descontado, no se encontraban nunca en la farmacia. Hacía caso omiso a los historiales médicos de quienes se sentaban al otro lado de su mesa. Muchos de los enfermos salían de allí encantados y casi curados solo de recordar sus palabras: no haga caso de los demás médico y hágamela solo a mí. Yo sé de qué hablo y no necesita esas caras medicinas. Pasee y coma bien, haga reposo y no beba. No fume por supuesto y el azúcar lo aparta de su dieta. Obviamente algunos se curaban pero otros no. Los que se curaban cantaban sus alabanzas y denigraban a quienes no habían conseguido recuperar su salud porque ellos no habían seguido sus sabios consejos. Así que la estupidez se contagiaba entre los seguidores.

Los que se veían obligados a pedir una segunda opinión se encontraban con una sorprendente revelación: nada coincidía con lo que otros facultativos decían. Ellos sí recetaban las medicinas acertadas, sí les escuchaban y sí conseguían atajar sus males. Entonces se preguntaban por qué habían hecho caso del otro médico.

Un día uno de sus pacientes murió por seguir sus consejos. Cuando se destapó la realidad sobre este médico no quedó ni uno de sus clientes que no se sintiera un estúpido. Incluso los que se encontraban bien, pues temían que en su organismo quedase algo latente que este individuo hubiera pasado por alto.

L@s historiador@s no somos médic@s, ni doctor@s ni nos enfrentamos a perder una vida humana con nuestras conclusiones. Pero de la misma manera que no dejaríamos nuestra salud a alguien que no ha pisado la facultad de medicina, tampoco deberíamos dejar que la información sobre la Historia que recibimos venga de alguien que no ha pisado la Facultad de Historia.

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